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oct 5

Written by: Redacción Web
05/10/2010  RssIcon


PEONZA nº 50, Revista de literatura infantil y juvenil
20 de octubre de 1999.

Partiendo de metáforas gastronómicas, la ilustradora y escritora Violeta Monreal nos ofrece varias reflexiones sobre lo que debe suponer la educación estética en la escuela. 

A María Luisa Martínez le preocupaba mucho la alimentación de sus hijos. En casa de la familia  Martínez, había llegado el momento  de grandes cambios.

Todo debía de ser muy lento, para que nadie se diera cuenta de que la revolución se estaba produciendo.

Los pasos que se dieran y como se dieran marcarían el futuro para siempre.

Primero serían las carnes suaves, pollo y ternera, después el pescado blanco, las verduras desde el principio, el huevo con mucho cuidado, primero la clara y después la yema…

Todo fue sobre ruedas, Juan del Risco Martínez en ocho meses comía todo tipo de comidas. Le gustaba comer de todo porque había probado de todo. 

Consiguió esto gracias a la iniciación del aprendizaje en el momento justo, ni muy pronto, ni muy tarde. El instante en el que las ventanas perceptivas del niño están totalmente abiertas a cambios y a todo tipo de novedades.

Cuando consideraron que todo estaba conseguido, decidieron salir de casa a celebrarlo con toda la familia reunida. Fueron a comer a un restaurante, muy especial, en el que solo había un plato cada día.

Si el plato te gustaba bien, sino también.

Cada día de la semana había una especialidad y nunca podías saber que te iba a tocar comer.

—No importa —dijo María Luisa— Juan come de todo.

—¡Hombre! Vayamos a otro sitio, no nos vamos a arriesgar y que el niño no coma —dijo Berruguete, hermano de María Luisa, quien no se creía, para nada, que el niño pudiera comer de todo.

—No, quedémonos en este —insistió María Luisa— ya con orgullo.

Y se quedaron. Era Jueves. Todos se sentaron en una gran mesa. Se acercó el camarero y dijo:

—Hoy hay hígado —la cara de María Luisa Martínez se quedó blanca. Ahora entendía porque Juan era un niño tan débil. Se había olvidado del hígado en su dieta y nunca lo había probado.

Juan no conocía el hígado por lo tanto dijo:

—Esto no lo quiero.

—Pruébalo —dijo María Luisa toda apurada— verás como te gusta.

—No, no me gusta- dijo enfadado.

Juan no iba a probar el hígado porque nunca lo había probado y simplemente por eso creía que no le gustaba.

Lo peor fue que a Berruguete tampoco le gustaba el hígado, ni a la mitad de los comensales les gustaba el hígado.

A María Luisa no le gustaba el hígado por eso no se lo había dado de comer a Juan, ni siquiera había reparado en que el hígado era necesario para la alimentación completa del niño.

El hígado, de forma metafórica, representa todo tipo de manifestación artística desconocida o nunca percibida.

 El hígado es el arte abstracto, el hígado es el expresionismo abstracto, el hígado es el dadaísmo, el hígado es el pop art, el op, el minimal también es hígado y el happening, el arte conceptual es hígado también.

Nuestra cultura visual tiene muchos hígados y eso que no tienen nada que ver unos con los otros. En lo único que coinciden es en que los desconocemos, por lo tanto, y en principio, a nosotros ese tipo de estéticas no nos parecen importantes o simplemente las consideramos como una tomadura de pelo.

Este debe ser el punto de partida básico en la educación estética de nuestros niños y niñas: intentar no reproducir este pensamiento basado en la falta de conocimiento.

Pero… ¿a quién le importa nuestro analfabetismo visual?

Esta muy mal visto no conocer a Cervantes o a su Don Quijote, pero hace gracia no reconocer un Miró o comentar, “éste cuadro lo haría mi hijo de tres años”.

(No sabemos si con ello se quiere desprestigiar a Miró o la forma de dibujar de los niños de tres años).

Tanto un motivo como otro reflejan el verdadero estado de nuestra formación estética.

Si muchos padres desprecian el dibujo de sus hijos, (ignoran que dibujan con respecto a unas pautas idénticas en todos los niños), como se puede pedir una actitud respetuosa hacia aquellos que dibujan o pintan y que ni siquiera son sus hijos.

Todos los niños pasan por una serie de características plásticas comunes, estableciendo una serie etapas iguales en niños de condición diferente y situación geográfica alejada.

No nos detendremos en analizar estas etapas, cuestión que ocuparía un discurso por sí solo. Si las enumeraremos por si resulta de utilidad a algún lector: garabateo (2 - 4 años), etapa preesquemática (4 - 7 años), etapa esquemática (7 - 9 años), comienzo del realismo (9 - l2  años), etapa pseudonaturalista (12 - 14 años) y el periodo de la decisión (14 - 17 años).

En los colegios, la educación en la percepción visual pasa desapercibida, no sólo no es un área, ni siquiera es un objetivo de ninguna. Los niños sin embargo no nacen sabiendo ver, necesitan, como a la hora de la alimentación,  ir viendo estéticas de muy diferente factura, poco a poco hay que ir degustando todo tipo de estilos  para que no sean rechazados por ignorancia.

El elemento característico del arte contemporáneo desde el punto de  sociológico, según escribió Ortega y  Gasset hace ya muchos años, viene dado por el hecho de que divide al público en dos clases de personas, las que lo comprenden y las que no.

El rechazo preconcebido, es la actitud de Juan, pero esa no es la única actitud generalizable frente a estímulos visuales, el entusiasmo acrítico, la ironía o la frustración al no encontrar vías de comunicación también se pueden dar ya en adultos.

La actitud principal del niño ante un estímulo que no le suena, es el rechazo, y para que el niño pruebe el hígado a pesar de no haberlo conocido éste debe haber tenido que ser alimentado de una forma más rica y completa de lo que le pasó a Juan.

Entremos ahora de lleno en nuestro discurso, que, por si se nos ha olvidado, después de esta indigestión, es  la importancia de la ilustración en la educación estética de los niños.

A un niño al que no se le dan bien  las matemáticas, se le ofrecen mecanismos dentro de la propia educación  para su desarrollo y se mantiene el esfuerzo a lo largo de los años, por que hay algo más importante que el mero cerebro brillante con los números. 

El desarrollo de ese individuo en una sociedad determinada le va a exigir  unas nociones básicas que le permitirán vivir sin problemas. Matemáticas para la vida corriente que cubran sus necesidades. Lo mismo sucede con la lengua y principalmente con la escritura.

No educamos virtuosos, educamos para vivir.

¿Qué sucede sin embargo con la enseñanza del dibujo?

Se confunden los objetivos generales a conseguir, y se valora desde el principio el virtuosismo como lo más importante. El virtuosismo hacía el realismo cuando la vida nunca nos va a  pedir en ninguna faceta saber dibujar de forma naturalista.

La educación artística estaría dirigida indudablemente hacía el desarrollo de la creatividad  y la sensibilidad plástica  pues la vida carece de pautas estéticas para lo diario y cotidiano.

No a todos los niños se les da bien dibujar. La falta de aptitudes para reproducir fotográficamente un objeto, es sencillamente  suplida  por la creatividad.

El arte que percibe el niño en los primeros años de vida   tiene forma de ilustraciones en libros de cuentos.

Hay muchos tipos de ilustración. Sería  un error en la educación  visual del niño que solo conociera un tipo de forma de hacer.

María Luisa Martínez se preocupaba de la educación de su hijo.

Ha llegado el momento de los grandes cambios.

Todo debe de ser muy lento para que nadie se de cuenta que la revolución estética se esta produciendo.

Los pasos que dé María Luisa y como los dé, marcarán el futuro de Juan para siempre.

En cuanto Juan abrió los ojos y miró el mundo, ya estaba percibiendo cual sería su entorno estético.

Lo primero serían los libros de páginas duras con dibujos claros y definidos.

“Este libro no, es muy caro. Éste que está de oferta, parece bueno. ¡Vaya¡los dibujos son como de niños, esto es una tomadura de pelo. Los niños lo que tienen que ver son las cosas bien dibujadas, para que luego ellos también dibujen bien”- pensaba María Luisa.

“Esperaré a que aprenda a leer, todavía es muy pronto para libros que solo tienen dibujos, le compraré este muñeco que sale en la tele, y estoy segura que le gustará”.

Por supuesto que le gustará más el muñeco, por supuesto que a todos los niños les gusta más comer solo patatas fritas de bolsa y chucherías.  Pero al igual que a María Luisa no le gustaba el hígado tampoco consideraba importante que Juan comenzara a mirar libros sin saber leer.

El tiempo pasó, Juan estudió, terminó la carrera de ingeniería. Hoy busca trabajo.

Mientras leía el periódico, encontró  un anuncio de una conocidísima multinacional, que se ajustaba perfectamente a su perfil profesional. Decidió presentarse.

Pasó infinidad de pruebas y al fin, la temida y definitiva entrevista, en un impecable despacho de la planta 32 con Mr. Haro, célebre por su magnifica colección de obras maestras del arte contemporáneo. Ocupando un lugar de privilegio se podía contemplar aquel cuadro azul de Miró 

En algún momento de la conversación se comentaron algunos aspectos sobre arte y Juan, animado por la buena marcha de la charla y en un alarde de imprudencia exclamó:

—…Es como ese cuadro que lo puede hacer mi hijo de tres años….

Mr. Haro sonrío y exclamó:

—El siguiente, por favor.